limonero NEGRO

Thursday, July 20, 2006

TRASTORNOS DE UNA MASACRE ANARQUISTA.

( del 7 al 16 de enero de 1919, en la Patagonia Argentina. )

Una huelga en los talleres Vasena y el saldo de cinco obreros muertos desató una serie de enfrentamientos que se prolongaron durante una semana. Una semana Trágica. El día 9 de enero más de 100.000 manifestantes marcharon desde la Calle Corrientes hasta Chacarita para enterrar a los muertos. Los policías -algunos a caballo- fueron hasta el cementerio mismo y la nueva lucha dejó 40 muertos y centenares de heridos. Por la tarde se declaró huelga general en la que trabajadores de distintos lugares se manifestaban en las calles. Irigoyen designó a Luís Dellepiane como comandante militar para que él tratara de “serenar los ánimos”. Finalmente el día 16, “la calma volvió al país”. La brutalidad policial puede evidenciarse en una metodología particular: muchos cadáveres de los obreros fueron incinerados. La semana Trágica dejó más de 700 muertos y cientos de deportados y detenidos. Más de 700 voces y manos y cuerpos y almas hechas polvo de ceniza calcinada.

Levantaba la mirada enfurecido, la cólera copio las formas más complejas en un largo proceso interno, y sucumbió en su grito de llanto partido.
Toda la vida luchando contra la realidad empuñando la utopía y la libertad como armas de doble filo. Absurdas cadenas intocables, acusan su vida más que nunca. Su sensibilidad era tal, que canalizaba sus pasiones en las formas más extrañas. Todo fluía de él como una primavera apurada, compulsiva, semi-ahogada, rota, quemada. Con grietas que expulsaban la sangre a chorros, una sangre espantada.
Aquel verano de 1919, en que las fuerzas estatales masacraron carne y hueso, sangre y vida. Aquel suceso con tantos muertos, llenos de armas de doble filo, tal cual él. Aquel suceso convirtió la realidad y las cadenas en una prisión tan fuerte, como la mismísima muerte incorporada al cuerpo inerte.
Cascos vacíos de todo contenido humano, caminaban imponiéndose sobre las calles, sobre los terrenos, y los hombres dignos de vida, ante la peligra de contraer la muerte, de perder la vida, se fueron armados, a la batalla entre pueblo y gendarmería. Entre pueblo y estado. Entre pueblo y genocidas.
(“Las ideas no se matan”. Era una frase que parecía no tener cuestiones que discutir, pero obviamente sin hombres ejecutantes, conservadores de tales ideas, estas se veían tambaleantes ante otras peores pero con más afiliados, con más hacedores. Entonces aquellas se pierden, huyen ante el olor a sangre fresca, todo en nombre de ellas. Aterrorizadas sienten culpa y desaparecen.)
Horror y cólera llenaban sus venas. Los más fuertes lazos que lo amarraban a la vida verdadera, desaparecían arrebatados por aquellas fuerzas violentas ¿Cómo es que un hombre entonces pueda, luchar para romper cadenas, si no tiene alguien que lo ayude o lo comprenda, alguien a quien amar, a quien desear?
Fue por eso que más que entregarse al sistema, prefirió enloquecer de ira, enloquecer de amor, crear la venganza exacta, quitarles las ganas de seguir construyendo una falsa realidad a fuerza de muerte. Abonar la tierra infértil con el sentimiento de cambiarlo todo, que no quedara nada.
Sentado en la mesa, un lugar desolado para él sin compañeros. Con el puño cerrado, como si esperara las barreras militares y con un solo golpe pudiera derribarlas. Estuvo en ayunas durante algunas semanas, bebiendo el agua. Desequilibrado viajaba vibrante por las callezuelas. No, ya no había fiesta en el campo, ya no había amores rodando, ya no había fuerza en la sangre, los libros se marchitaban y sus barbas crecían amargas por sus mejillas que envejecían junto con su cuerpo.

Una mirada oculta arde en la ceniza ardida de su fotografía pintada. Aurora lo observa, lo mira desde el rincón, penetra en el fondo del pozo profundo poblado de flores, millones de flores que lo miran como Aurora. Los ojos penetran firmes, intentan decirle algo, algo que él mismo se inventa para sacudir las muertes, sus estragos, la amargura cansada, la amargura causada. Quieren salir los árboles del pozo, quieren resurgir. Salir de la madera podrida que ya de nada le sirve al hombre, que llora Aurora y que llora Tiema.
Naturaleza desechada ¿Cómo es posible que la energía se deseche? no maten al árbol. No muerdan las flores con asco, no derrochen el agua, pidan permiso y pidan perdón, por todo lo hecho, por todo lo DES-HECHO. No torturen al animal, para matarlo agonizante en un charco de sangre.
Masacre del humano, cavando las tumbas negras, los labios rojos, los cabellos revueltos, la tierra mojada, pegada. El velorio del color, ya muerto. Tiema busca en la fiel mirada de Aurora las sombras robadas que los árboles regalaban. Une sin darse cuenta, la masacre-humana con la masacre-tierra.
Perfora la aguja de una sola estocada en el vientre descompuesto de Tiema y éste sin espera aprieta el puño y siente una leve fuerza.
Recordó la cajonera de Aurora, recordó los papeles escritos, recordó lo que ella era. Y las nieblas bajaron y lo bañaron de un sudor dulce y pegajoso. Débil como un ebrio, abrió el cajón que lo estaba esperando desde hacia un tiempo. Recorrió los papeles amarillos, casi muertos, si no fuera por la caída de Tiema con sus manos mojadas, ya casi temblorosas, tan amarillas como los papeles. Sintió por fin una sensación, se le nublaron los ojos, se le llovían enteros con silencio, luego vinieron los espasmos con risa y llanto. Estaba vivo. El llanto de un niño perdido, le salía por la garganta quebrada. Se limpió con las manos las mejillas blancas, no por pudor, solo por precaución de no mojar los débiles papeles llenos de Auroras, miles de Auroras, y todas para él.
Un ruido sordo y torpe en el otro salón, lo atormento y helo su sangre de selva forestada, incendiada, humillada. Recordó que con él vivía el perro, lo llamó y su compañía atenuó el dolor, volvía a la vida, parecía un sueño, algún encantamiento de la muerta Aurora, lo revivía aún inconciente a la vida del aire casi fresco de un otoño espantoso.
Quiso leer un solo pedazo del escrito, sus ojos recorrieron estás líneas…
“Oxigeno mi sangre intoxicada y libero las toxinas entrometidas en las publicidades del Estado. Grito cada vez más seguido y eso se da solo en un solo lugar. Observo la luna, se que me pide ayuda, espía de absolutamente todo lo que sucede en la tierra. Sufre por no poder tocar nada, no poder partir un rayo en el genocida, acudir al que agoniza, salvar el agua, los caballos, los árboles, las gargantas quebradas. La luna me pide ayuda, me pide que acuda, pero ella sabe, sin embargo, que algún día chocará contra nosotros y destruirá su mayor mal:
el saqueo de la Tierra.
Cada planeta contiene su guardián, en el caso de algunos sus guardianes, sus satélites incansables, lo observan todo. En nuestro caso la Luna, fiel vengadora, algún día cumplirá su destino de estrella fugaz y con todo esto tendrá que arrasar. ¡OH luna! mi querida luna, SE QUE SERÁ más que terrible acabar con tu amada Tierra, pero es que su sufrimiento es pleno, ella agoniza, junto a toda esta vida, invisible y visible a mis ojos…entonces ven y chócame sin más espera…”.

Tiema ahora ríe, desconsolado ríe, ante las hermosas locuras de Aurora.
Y siente ahora la presencia de la Luna llena a sus espaldas, cómplice de la lectura, ahogada de verdad, espía de la hormiga, suspira, la luna lo mira y suspira.

Ahora intenta levemente recomponer los hechos que lo han dejado tan débil y muerto. Recuerda que fue ya hace un tiempo. Era verano, era enero. Mataron a Eugenio y a 4 compañeros más y no tubo más remedio que salir a las calles, junto con miles más a enterrar a los muertos de una masacre estatal. Luego divisa a los milicos, armados para una guerra, ellos también estaban preparados, pero no se puede así, así no se puede…